Vivimos como soñamos, ¿solos?

María Camila Osorio Acevedo*

 

Nos dañan el espíritu. Aún recuerdo la brisa golpeando mis mejillas mientras caminaba absorta por el puente de la novena, entre mis reflexiones internas aparecía constantemente la imagen de un compañero de clase al que llamaban Arciniegas, por su apellido. ¿Qué haría él al terminar grado once?, ¿Su papá habrá salido de prisión?, ¿Qué hará en las tardes estando tan solo?, ¿Tendrá algún arte?, ¿Un plan? alguna vez me mencionó que quería estudiar derecho porque se ganaba bien y un profesor le había dicho que era fácil, sólo cuestión de tres años y podía entrar al mundo laboral; es una lástima que en ese momento no le hubiese podido decir que todo eso eran patrañas...

 

El conflicto que rondaba por mi mente era que bajo mi juicio algunos docentes de la institución pública (además de algunos factores socioculturales) habían influenciado la mente de mi amigo, limitando sus sueños a instituciones de baja calidad, menor costo y educación instantánea. Yo fielmente creía que Arciniegas podía ser un buen abogado, pero asimismo lo sentía resignado a ser lo que la vida lo llevara a ser, aunque tuviese una mente brillante. 

 

De inmediato, en medio del verde de los árboles a través de las barandas, empecé a ver su personificación en más de la mitad de mi promoción, jóvenes con gran potencial, que podrían haber sido las futuras Sarmiza Bilcescu de su época, pero que debido a la educación paupérrima que venían recibiendo sus sueños y sus ideales se reducían a opciones más ‘‘reales’’. 

 

Esos estudiantes que quizá han venido siendo influenciados por el sistema educativo, que les ha hecho creer que no reúnen lo suficiente para entrar a universidades públicas acreditadas con excesiva rigurosidad en sus esquemas de admisión, y que debido a su poder adquisitivo no pueden ingresar a una universidad privada de costos tremendamente altos, pero de gran índole; muchas veces se conforman con instituciones de educación superior de bajo costo y baja calidad. 

 

Esto representa un problema, en lo referente al tipo de profesional que estamos formando para la sociedad, por ejemplo, cuando hablamos de estudiar derecho sabemos que en Colombia existe una oferta significativa de abogados pero una cantidad limitada reconocidos como buenos, esto se debe especialmente a la gran cantidad de establecimientos que ofrecen pregrados de derecho a un bajo costo y con un plan de estudio básico, que no tiene en cuenta la profundidad y la complejidad de la ciencia jurídica.

 

Bien sabemos que la universidad no determina necesariamente el curso como profesional, sin embargo, muchos de estos estudiantes no estarán listos para adquirir un compromiso social para con sus clientes y el país, no porque no puedan o no quieran, sino porque eso desde su educación básica fue desestimado por quienes debieron ser los guías de sus sueños: Los docentes de educación pública, quiénes reciben mayormente muchachos de los estratos más bajos del país, que deberían hallar en los colegios oficiales estímulos y herramientas para progresar. Y no me malinterpreten, sobrepasar un contexto es posible, pero las bases educativas son primordiales y en muchos casos, predeterminarán tu curso de acción una vez se culmina la secundaria. 

 

 

 

*Estudiante de Derecho de la Universidad de La Sabana. Miembro del Semillero de investigación Fundamentos Filosóficos del Derecho Constitucional. Trabajo presentado en la clase de redacción de textos jurídicos de la profesora Raquel Sarria Acosta.